Una creencia limitante es, en esencia, un pensamiento negativo que consideras cierto y que condiciona tus decisiones. “No soy lo suficientemente buena para…” es una muestra típica.
Una creencia limitante nació en algún hecho del pasado, generalmente doloroso, y va reforzándose a lo largo del camino, cada vez que te ves expuesta a una situación que venga a desafiarte. “Cómo voy a tomar este desafío profesional, si no soy lo suficientemente buena para…”.
No es malo “per se”. Es un mecanismo de defensa de la mente, que viene con el noble fin de protegerte de algún hecho futuro que podría llegar a causarte algún tipo de dolor. ¿Enrevesado, o no? Pues así funciona.
Yo dormí con Cantinflas un largo tiempo. Se me metía en la cama y me hablaba al oído. “Salvamos el día hoy, ¿a que sí?… aunque no sepas lo suficiente y navegues, aunque pienses que prontito te van a pillar… como a mi”
El asunto con las creencias limitantes es que, aunque somos lo suficientemente aguerridas para manejarlas, causan un desgaste de energía y altos niveles de tensión. Varias pruebas al día, para las señoras juezas que somos de nosotras mismas.
Pero hay múltiples mecanismos para, paradojalmente, limitar a una creencia limitante. Darles de su propia medicina. Dejo aquí algunas:
- Identificar las creencias que te limitan. Mirarlas y comprenderlas. El paso número uno es saber que existen.
- Identificar en qué nivel o estándar está posicionada tu creencia. A mí me limitó mucho tiempo pensar que yo no podía ser una gran ejecutiva y una gran mamá. Mi creencia era que podía ser lo uno o lo otro… no ambos. ¿Con qué estándar me estaba midiendo? ¿Qué significaba ser una “gran” ejecutiva y madre? Cuando comprendí que la vara no me estaba permitiendo priorizar y mirar lo realmente importante de cada rol, solté la creencia.
- Pensar en cinco hechos concretos que sostengan la creencia y otros cinco hechos que la refuten. Te sorprenderás cuando encuentres muy pocos de los primeros… y muchos de los segundos.